Luis Angel Firpo se accidentó en una gira que hizo por Europa, requiriendo un médico a la embajada Argentina en Francia, y le fue enviado el Dr. Rodolfo Espil. En ese encuentro se cimentó una profunda amistad, interrumpida por sus distintas actividades y reanudada luego cuando el boxeador adquirió un campo en Casares y Espil fuera ya diputado provincial.
Firpo, de origen muy humilde, hizo una fortuna con el boxeo, pero no por eso dejó de cuidar el centavo. Su misma forma de vestir indicaba su amarretismo, simplemente era un desastre. Al lado de Espil, y era frecuente verlos juntos, el contraste era notable. El galeno atildado en extremo, lucía un atuendo impecable siempre. Se sabia buen mozo y se complacía en ello con una suerte de divismo.
Firpo, por cobro de una deuda, se quedó con un depósito de mercaderías. Contenía los efectos más diversos, hasta una estatua clásica en homenaje al Sembrador. No sabiendo qué hacer con ella se la regaló a su amigo para que la instalara en Casares. El pueblo tenia su primer monumento que, con toda pompa, fue situado en la intersección de las dos avenidas principales.
Dichoso Sembrador, esculpido con todo detalle, no escondía nada de la naturaleza humana, los órganos genitales se destacaban en él. Era de un realismo total. La reacción fue de estupor primero y después se echó a broma con bastante humor negro... Que si ciertas señoras le miraban comparando con lo que tenía en casa. en medio de suspiros... si se parecía a X... o que S lo superaba... en fin. Pero lo concreto de todo esto. es que durante meses, todos los lunes a horas tempranas de la tarde, dos mujeres cumplían con el mismo ritual. Después de caminar muchas cuadras, se dirigían rectamente al emplazamiento del Sembrador. Lo contemplaban un buen rato, volviendo por donde habían venido.
La una era morocha de tez aceitunada con rastros de granos en la cara, la otra más llamativa y de tipo centroeuropeo. Su vestimenta también llamaba la atención: falda negra y blusa de satín, generalmente celeste, zapatos de charol de altos tacones Luis XV y zoquetes del mismo color que la blusa. Lo hacían en su día de descanso. Demás está decir que eran dos prostitutas cuyo embeleso no terminaba nunca. Marchaban hieráticas como si fueran las sacerdotisas de algún extraño rito oriental, sin proferir palabra. Habían hallado la perfección suma y se complacían en ella. ¡Quién iba a pensar que el pobre Sembrador terminaría siendo un eunuco! |